A esto se puede replicar que la negación de la causalidad nos permite decir ni más ni menos que su afirmación, en referencia a la duración de la vida individual, pues de esto somos ignorantes en cada caso por igual.
Al asignar, como se hizo antes, una expectativa en referencia al individuo, no queremos decir otra cosa que hacer una afirmación sobre el promedio de su clase.
Haya o no causalidad en estos casos individuales, esto no afecta nuestro conocimiento del promedio, pues este, por suposición, se apoya en una experiencia independiente. Las inferencias legítimas son las mismas bajo cualquiera de las dos hipótesis, y de igual valor.
La única diferencia es que, bajo la hipótesis de la no causalidad, se nos impone a la atención lo impropio que resulta hablar de la expectativa «propia» del individuo, debido a que todo conocimiento de su magnitud es formalmente imposible; bajo la otra hipótesis, dicha impropiedad se pasa por alto debido a que tal conocimiento es solo en la práctica inalcanzable. En realidad, la cantidad de nuestro conocimiento es la misma en ambos casos; es un conocimiento del promedio, y solo de eso.[6]
§ 28. Podemos concluir, pues, que los límites dentro de los cuales somos capaces de justificar de este modo el grado de nuestra creencia son mucho más amplios de lo que podría parecer a primera vista. Si todos los casos en los que las personas experimentan un grado de creencia inferior a la confianza perfecta pudieran encajarse a la fuerza en el ámbito de la Probabilidad es una cuestión más amplia. Aun cuando pudiera suponerse, sin embargo, que la creencia es susceptible de justificación sobre tales principios, sus reglas