§ 22. Debe observarse que el aspecto de la cuestión sugerido por esta definición es uno del que difícilmente podemos escapar. En efecto, a veces se han hecho intentos de evitar la necesidad de cualquier suposición sobre la prevalencia universal de la ley y el orden en la naturaleza, definiendo un milagro desde un punto de vista diferente.
Un milagro puede llamarse, por ejemplo, «una manifestación inmediata de poder creativo», «un signo de una revelación» o, de manera aún más vaga, un «acontecimiento extraordinario». Pero no se sacaría nada en claro adoptando definiciones de este tipo. Por mucho que pudieran satisfacer al teólogo, el estudioso de las ciencias físicas no se conformaría con ellas ni por un momento. Afirmaría de inmediato su propia creencia, y la de otros hombres de ciencia, en la existencia de una ley universal, y preguntaría cuál era la conexión de la definición con esta doctrina.
Se exigiría imperativamente una respuesta a la pregunta: ¿Implica el milagro, tal como lo ha descrito usted, la infracción de una de estas leyes, o no la implica? Y hay que dar una respuesta, a menos que rechacemos su suposición negando nuestra creencia en la existencia de esta ley universal, en cuyo caso, por supuesto, nos situamos fuera de los límites de la discusión con él. La necesidad de tener que reconocer este hecho se acrecienta en el hombre día a día, con el estudio cada vez mayor de la ciencia física.
Y dado que este aspecto de la cuestión debe abordarse tarde o temprano, es mejor ponerlo en primer término. La dificultad, en su forma científica, es por supuesto moderna, pues la doctrina de la que surge es moderna. Pero no es sino un ejemplo, entre muchos que podrían mencionarse, en el que el crecimiento de cierta concepción filosófica ha afectado gradualmente a la naturaleza de la disputa y ha desplazado por fin la posición del campo de batalla en alguna discusión con la que al principio podría no haber parecido tener conexión alguna.
§ 23. Hasta aquí nuestro camino es llano. Hasta este punto, discípulos de escuelas muy diversas pueden avanzar juntos; pues al establecer la doctrina anterior nos hemos abstenido cuidadosamente de dar a entender o admitir que contenga toda la verdad. Pero a partir de este punto se abren ante nosotros dos caminos que se bifurcan, senderos tan diferentes entre sí en su carácter, origen y dirección como buenamente puede concebirse. Como esta investigación es solo una digresión, podemos limitarnos a exponer brevemente cuáles parecen ser las características de cada uno, sin intentar dar los argumentos que podrían emplearse en su defensa.
(I.) Por un lado, podemos suponer que este principio de causalidad es el último. Al denominarlo así, no queremos decir que sea aquel del que partimos conscientemente en nuestras investigaciones, como lo hacemos a partir de los axiomas de la geometría, sino más bien que es el resultado final hacia el cual nos vemos atraídos por el estudio de la naturaleza.
Al descubrir que, en todo el ámbito de nuestras investigaciones, un acontecimiento sigue a otro con una uniformidad infalible, y descubriendo además (como algunos podrían añadir) que esta experiencia está respaldada o incluso exigida por una tendencia o ley de nuestra naturaleza (aquí no importa cómo la describamos), podemos llegar a considerarlo como el único principio fundamental sobre el cual deben descansar todas nuestras investigaciones.