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Para una discusión más amplia sobre esto, véase el capítulo sobre la Causalidad.
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El mejor ejemplo que recuerdo de la distinción entre juzgar desde el lado subjetivo y desde el objetivo, en casos como estos, ocurrió una vez en un tren.
Me encontré con una tímida anciana que tenía mucho miedo a los accidentes. Intenté calmarla basándome en el argumento estadístico habitual de la extrema rareza de tales sucesos. Me escuchó pacientemente y luego respondió: «Sí, caballero, todo eso está muy bien; pero no veo de qué modo el peligro real va a ser ni pizca menor por el hecho de que yo no crea en él».
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Esto seguiría valiendo para las leyes empíricas, que bien pueden ser susceptibles de ser quebrantadas: hoy en día hemos desplazado enormemente el sentido de la palabra para denotar una ley última de la que se supone que no puede ser quebrantada.