De entre un gran número de sucesos, suponemos que se contempla una selección de algún tipo particular, la cual ocurre con una frecuencia relativa muy escasa, y esto se denomina un suceso inusual o extraordinario. De ello se desprende, como se demostró sobradamente en un capítulo anterior, que debido a la rareza del suceso estamos muy poco dispuestos a esperar su ocurrencia en un caso dado. Nuestra conjetura al respecto, en caso de que así lo anticipáramos, rara vez se vería justificada, por lo que solemos sorprendernos mucho cuando efectivamente ocurre. Este, a mi entender, es el único sentido legítimo de «extraordinario» en lo que a la Probabilidad respecta.
Pero hay otro uso de la palabra, muy diferente, que pertenece a la inducción —o más bien a la ciencia de la prueba en general—, más que a esa porción limitada de ella denominada Probabilidad.
En este sentido, el acontecimiento «extraordinario», y más aún el «improbable», no es meramente uno de extrema rareza estadística que no podríamos esperar adivinar correctamente, pero que con pruebas moderadas podemos aceptar con bastante facilidad; es más bien uno que posee, por decirlo así, un poder real de resistencia a la prueba.
Puede tratarse de algo que afecte a la credibilidad del testigo en su origen, que haga, es decir, que sus declaraciones sobre tal asunto sean esencialmente inferiores a las de otros temas. Este es el caso, por ejemplo, de cualquier cosa que excite sus prejuicios, pasiones o supersticiones.
En estos casos parecería poco razonable intentar estimar la credibilidad del testigo calculando (como en el § 6) con qué frecuencia sus errores nos desviarían debido a que se le ha llevado erróneamente a una afirmación en lugar de atenerse correctamente a una negación. Más bien estaríamos dispuestos a aplicar de entrada nuestra corrección sobre la veracidad media del testigo.