sobrio, lo que le hacía parecer lo que era: un avispado joven de la City, de esa clase a la que se ha tachado de cockneys, pero que nos da nuestros mejores regimientos de voluntarios y produce más atletas y deportistas excelentes que ningún otro grupo de hombres en estas islas. Su rostro redondo y rubicundo era por naturaleza rebosante de alegría, pero las comisuras de su boca me parecieron inclinadas hacia abajo en una angustia medio cónmica. No fue, sin embargo, hasta que estuvimos todos en un vagón de primera clase y bien iniciados en nuestro viaje a Birmingham cuando pude enterarme de cuál era el problema que le había llevado a Sherlock Holmes.
—Aquí tenemos vía libre por espacio de setenta minutos —observó Holmes—.
Quiero que usted, señor Hall Pycroft, le cuente a mi amigo su interesantísimo caso exactamente como me lo ha contado a mí, o con más detalle si es posible. Me será útil volver a escuchar la sucesión de acontecimientos. Es un asunto, Watson, que puede resultar tener algo de sustancia o puede resultar no ser nada, pero que, al menos, presenta esos rasgos inusuales y estrafalarios que son tan caros a usted como a mí. Y ahora, señor Pycroft, no volveré a interrumpirle.
Nuestro joven compañero me miró con un brillo en los ojos.
—Lo peor del cuento es —dijo él—, que quedo como un maldito imbécil. Por supuesto, puede que salga bien y no veo qué otra cosa podría haber hecho; pero si he perdido mi puesto y no consigo nada a cambio, me sentiré como un perfecto tonto. No se me da muy bien contar historias, Dr. Watson, pero la cosa es así:
—Antes trabajaba en Coxon & Woodhouse, en Draper’s Gardens, pero a principios de primavera les pilló de lleno lo del empréstito venezolano, como seguro que recuerda, y se pegaron un batacazo terrible. Llevaba cinco años con ellos, y el viejo Coxon me dio una recomendación fantástica cuando se produjo la quiebra, pero claro, a todos los