Al echar una ojeada a la serie de memorias, algo incoherente, con la que he procurado ilustrar algunas de las peculiaridades mentales de mi amigo el señor Sherlock Holmes, me ha llamado la atención la dificultad que he experimentado para elegir ejemplos que respondan en todo a mi propósito. Pues en aquellos casos en los que Holmes ha realizado alguna proeza de razonamiento analítico y ha demostrado el valor de sus particulares métodos de investigación, los hechos en sí han sido a menudo tan insignificantes o corrientes que no he podido considerarme justificado para presentarlos al público. Por otra parte, ha sucedido con frecuencia que se ha visto envuelto en alguna pesquisa en la que los hechos revestían el carácter más extraordinario y dramático, pero en la que la parte que él mismo ha tomado en la determinación de sus causas ha sido menos pronunciada de lo que yo, como su biógrafo, desearía. El pequeño asunto que he historiado bajo el título de «Estudio en escarlata», y aquel otro posterior relacionado con la pérdida del Gloria Scott, pueden servir de ejemplos de esta Escila y Caribdis que amenazan por siempre a su historiador. Puede que en el caso sobre el que ahora voy a escribir, el papel que desempeñó mi amigo no esté lo suficientemente enmarcado; y aun así, toda la cadena de circunstancias es tan notable que no puedo convencerme de omitirla por completo de esta serie.
No puedo asegurar la fecha exacta, pues algunos de mis apuntes sobre el asunto se han extraviado, pero debió de ser hacia finales del primer año en que Holmes y yo compartimos aposentos en Baker Street. Hacía un tiempo borrascoso de octubre, y ambos nos habíamos quedado dentro de casa todo el día, yo porque temía enfrentarme con mi salud quebrantada al penetrante viento otoñal, mientras que él estaba enfrascado en algunas de aquellas abusas investigaciones químicas que lo absorbían por completo mientras se ocupaba de ellas.