acercarnos a esta vi venir hacia nosotros a un hombre con la espalda muy encorvada y algo parecido a una caja colgada de uno de los hombros. Parecía estar deforme, pues llevaba la cabeza gacha y caminaba con las rodillas dobladas. Íbamos a pasar junto a él cuando levantó la cara para mirarnos en el círculo de luz que proyectaba la farola, y al hacerlo se detuvo y gritó con voz espantosa: «¡Dios mío, es Nancy!». La señora Barclay se puso blanca como la muerte y se habría caído de no haberla sostenido aquel ser de aspecto espantoso. Yo iba a llamar a la policía, pero ella, para mi sorpresa, le habló con bastante amabilidad al individuo.
“—Creí que llevaba muerto treinta años, Henry —dijo ella con voz temblorosa.
—«Eso mismo he hecho», dijo él, y era terrible oír el tono con que lo decía. Tenía un rostro muy oscuro y temible, y un brillo en los ojos que vuelve a mí en mis sueños. Su cabello y sus patillas estaban entrecanos, y su cara aparecía toda arrugada y contraída como una manzana marchita.
“ ‘ —Camina un poco más adelante,