continuó en un estado peculiar de inquietud, atisbando continuamente por las ventanas y dejando de dar el breve paseo que solía ser el preludio de su cena. Por sus modales, me dio la impresión de que sentía un pavor mortal por algo o alguien, pero cuando le interrogué sobre el asunto se puso tan ofensivo que me vi obligado a dejar el tema. Gradualmente, a medida que pasaba el tiempo, sus temores parecieron esfumarse y había retomado sus hábitos anteriores, cuando un nuevo acontecimiento lo redujo al estado deplorable de postración en el que ahora se encuentra.
“Lo que sucedió fue esto. Hace dos días recibí la carta que ahora les leo. No lleva adjunta ni dirección ni fecha.
«“Un noble ruso que actualmente reside en Inglaterra —dice—, estaría encantado de contar con la asistencia profesional del doctor Percy Trevelyan. Desde