Fue un viaje precioso, con el verde tierno de la primavera abajo y el blanco virginal del invierno arriba; pero para mí era evidente que ni por un solo instante olvidó Holmes la sombra que se extendía sobre él. En los pintorescos pueblos alpinos o en los solitarios pasos de montaña, podía deducir por sus ojos de rápidas miradas y su agudo examen de cada rostro que nos cruzaba que estaba bien convencido de que, camináramos por donde camináramos, no lograríamos librarnos del peligro que pisaba nuestros talones.
Una vez, recuerdo, mientras cruzábamos el Gemmi y caminábamos por la orilla del melancólico Daubensee, una gran roca que se había desprendido de la cresta a nuestra derecha cayó estrepitosamente y rugió en el lago a nuestras espaldas.
En un instante, Holmes había corrido hacia la cresta y, de pie sobre un elevado pináculo, estiró el cuello en todas direcciones. Fue en vano que nuestro guía le asegurara que la caída de piedras era un acontecimiento común en la primavera en aquel lugar. No dijo nada, pero me sonrió con el aire de un hombre que ve el cumplimiento de aquello que había estado esperando.
Y sin embargo, a pesar de toda su vigilancia, nunca estuvo deprimido. Por el contrario, no recuerdo haberle visto jamás con un ánimo tan exuberante. Una y otra vez volvía sobre el hecho de que, si pudiera tener la seguridad de que la sociedad se había librado del profesor Moriarty, pondría fin gustosamente a su propia carrera.
“Creo que puedo llegar a decir, Watson, que no he vivido del todo en vano”, observó. > “Si mi expediente se cerrara esta noche, aún podría contemplarlo con ecuanimidad. El aire de Londres es más puro gracias a mi presencia. En más de mil casos no tengo constancia de haber utilizado jamás mis facultades en