Era una súplica que no se podía ignorar. Resultaba imposible rechazar la petición de una compatriota moribunda en tierra extraña.
Sin embargo, tenía ciertos remilgos en dejar a Holmes. No obstante, al final se acordó que él retendría consigo al joven mensajero suizo como guía y compañero mientras yo regresaba a Meiringen.
Mi amigo se quedaría un buen rato junto a la cascada, según dijo, y luego caminaría despacio colina arriba hasta Rosenlaui, donde debía reunirme con él por la tarde.
Al alejarme, vi a Holmes, con la espalda apoyada contra una roca y los brazos cruzados, contemplando fijamente el torrente de las aguas. Fue lo último que jamás destino alguno me deparó ver de él en este mundo.
Cerca del final del descenso, miré hacia atrás. Desde esa posición era imposible ver la catarata, pero podía divisar el sinuoso sendero que serpentea por la loma de la colina y conduce hasta ella. Recorriéndolo, recuerdo, caminaba un hombre muy rápidamente.
Podía ver su figura negra claramente perfilada contra el verde que tenía detrás. Lo observé, y la energía con la que caminaba, pero volvió a borrarse de mi mente mientras me apresuraba a cumplir con mi recado.
Puede que hubiera pasado poco más de una hora antes de llegar a Meiringen. El viejo Steiler estaba de pie en el porche de su hotel.
—Bien —dije, al llegar a toda prisa—, confío en que no haya empeorado.
Una expresión de sorpresa cruzó por su rostro, y al primer temblor de sus cejas mi corazón se volvió de plomo en el pecho.
—¿No escribiste esto? —dije, sacando la carta del bolsillo—. ¿No hay ninguna inglesa enferma en el hotel?