—¡De ningún modo! —exclamó—. ¡Pero tiene el sello del hotel! ¡Ajá, debe de haber sido escrito por aquel inglés alto que entró después de que usted se hubiera ido. Dijo que—
Pero no esperé ninguna de las explicaciones del posadero. Con un cosquilleo de miedo ya estaba corriendo por la calle del pueblo y dirigiéndome hacia el sendero por el que tan poco antes había bajado. Me había tomado una hora descenderlo.
A pesar de todos mis esfuerzos, habían pasado otras dos antes de encontrarme de nuevo en la cascada de Reichenbach. Allí seguía el bastón alpino de Holmes, apoyado contra la roca junto a la cual lo había dejado. Pero no había rastro de él, y fue en vano que grité. Mi única respuesta fue mi propia voz resonando en un eco rotundo desde los acantilados que me rodeaban.
Fue la visión de aquel piolet lo que me heló la sangre y me revolvió el estómago. No había ido a Rosenlaui, por lo tanto. Se había quedado en aquel sendero de noventa centímetros, con una pared vertical a un lado y un abismo al otro, hasta que su enemigo lo hubo alcanzado. El joven suizo también se había ido. Probablemente estaba a sueldo de Moriarty y había dejado a los dos hombres solos. ¿Y qué había ocurrido entonces? ¿Quién iba a decirnos lo que había ocurrido entonces?
Me detuve uno o dos minutos para reponerme, pues estaba aturdido por el horror de aquello. Luego empecé a pensar en los propios métodos de Holmes y a tratar de aplicarlos para descifrar aquella tragedia. Por desgracia, era demasiado fácil hacerlo. Durante nuestra conversación no habíamos llegado hasta el final del sendero, y el bastón alpino señalaba el lugar donde nos habíamos detenido. El suelo negruzco se mantiene perpetuamente blando debido a la incesante neblina de las salpicaduras, y hasta un pájaro habría dejado en él la marca de sus pisadas.