podido hacerse de dos enemigos tan vengativos como estos aparentan ser sin saberlo. Considero, por lo tanto, como algo seguro que él sabe quiénes son estos hombres y que, por razones propias, lo oculta. Es muy posible que mañana se encuentre en una disposición más comunicativa».
—¿No hay acaso una alternativa —sugerí—, grotesquemente improbable, sin duda, pero aun así concebible? ¿Podría ser toda la historia del ruso cataléptico y su hijo un invento del Dr. Trevelyan, quien ha estado en las habitaciones de Blessington para sus propios fines?
Vi a la luz del gas que Holmes esbozaba una sonrisa de diversión ante aquella genial ocurrencia mía.
—Mi querido amigo —dijo él—, fue una de las primeras soluciones que se me ocurrieron, pero pronto pude corroborar la historia del doctor. Este joven ha dejado huellas en la alfombra de la escalera que hacían