en un extremo, mientras que varias estaban aplanadas por los lados como si hubieran sido comprimidas por un peso considerable. Evidentemente, a medida que habían arrastrado la piedra hacia arriba, habían metido los trozos de madera en la hendidura hasta que al fin, cuando la abertura era lo suficientemente grande como para arrastrarse a través de ella, la mantendrían abierta mediante un madero colocado a lo largo, el cual muy bien podría quedar marcado en el extremo inferior, ya que todo el peso de la piedra lo presionaría contra el borde de esta otra losa. Hasta ahí seguía pisando terreno firme.
—Y ahora, ¿cómo debía proceder para reconstruir este drama de medianoche? Es evidente que solo uno cabía en el agujero, y ese uno era Brunton. La chica debió de esperar arriba. Brunton abrió entonces la caja, entregó el contenido —presumiblemente, ya que no se encontraba por ninguna parte— y luego... ¿y luego qué pasó?
“¿Qué fuego latente de venganza había prendido súbitamente en la llama del alma de esta apasionada mujer celta al ver en su poder al hombre que la había agraviado —agraviado, tal vez, mucho más de lo que sospechábamos—? ¿Había sido casualidad que el madero se hubiera desplazado y que la piedra hubiera encerrado a Brunton en lo que se había convertido en su sepulcro? ¿Había sido culpable tan solo de guardar silencio sobre su destino? ¿O algún golpe repentino de su mano había apartado el soporte y hecho caer la losa con estrépito en su sitio? Fuera como fuese, creía ver la figura de aquella mujer aferrada aún a su tesoro y huyendo desbocada por la escalera de caracol, con los oídos zumbándole quizá por los gritos ahogados a su espalda y por el tamborileo de manos frenéticas contra la losa de piedra que estaba extinguiendo la vida de su amante infiel.
“Aquí radicaba el secreto de su rostro marchito, de sus nervios destrozados, de sus estallidos de risa histérica a la mañana siguiente.