la cama. Había dejado abierta la puerta que conducía a la cubierta, y la atravesamos en avalancha. Los dos centinelas fueron abatidos a tiros, al igual que un cabo que acudió corriendo para ver qué ocurría. Había otros dos soldados en la puerta del camarote principal, y sus mosquetes parecían no estar cargados, pues nunca dispararon contra nosotros y fueron abatidos mientras intentaban fijar las bayonetas. Luego irrumpimos en el camarote del capitán, pero al empujar la puerta se produjo una explosión desde el interior, y allí yacía él con los sesos desparramados sobre la carta del Atlántico que estaba fijada con alfileres en la mesa, mientras el capellán se hallaba a su lado con una pistola humeante en la mano. Los dos oficiales habían sido apresados por la tripulación, y todo el asunto parecía zanjado. > ““El camarote principal estaba contiguo al salón, nos arremolinamos allí y nos dejamos caer sobre los divanes, hablando todos a la vez, pues estábamos como locos con la sensación de sentirnos libres una vez más. Había armarios por todas partes, y Wilson, el falso capellán, derribó uno de ellos y sacó una docena de botellas de jerez oscuro. Rompimos los cuellos de las botellas, echamos el líquido en vasos y nos los íbamos a beber de un trago cuando, de repente y sin previo aviso, resonó el estampido de los mosquetes en nuestros oídos y el salón se llenó de tanto humo que no se podía ver de un lado a otro de la mesa. Cuando volvió a despejarse, el lugar era un matadero. Wilson y otros ocho se retorcían unos sobre otros en el suelo, y la sangre y el jerez oscuro de aquella mesa todavía me revuelven el estómago al recordarlo. Estábamos tan acobardados por el espectáculo que creo que habríamos abandonado la empresa de no ser por Prendergast. Bramó como un toro
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The Gloria Scott
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