bien condujo al caballo a algún escondite secreto, o bien este pudo haberse desbocado durante la fuerzajeo y andar ahora vagando por los páramos. Ese es el caso tal como se le aparece a la policía y, por improbable que sea, todas las demás explicaciones lo son todavía más. Sin embargo, comprobaré el asunto muy rápidamente una vez que esté en el lugar de los hechos, y hasta entonces la verdad es que no veo cómo podemos avanzar mucho más allá de nuestra posición actual.
Era de noche cuando llegamos al pequeño pueblo de Tavistock, que yace, como el umbó de un escudo, en medio del enorme círculo de Dartmoor. Dos caballeros nos esperaban en la estación: el primero, un hombre alto y rubio, con melena y barba leoninas y unos ojos azul claro de una penetración curiosa; el segundo, una persona pequeña y alerta, muy pulcra y elegante, con levita y polainas, patillas cortas y bien arregladas y monóculo. Este último era el coronel Ross, el conocido deportista; el otro, el inspector Gregory, un hombre que se estaba abriendo camino rápidamente en el servicio de detectives inglés.
—Me alegra mucho que haya bajado, señor Holmes —dijo el coronel—. El inspector aquí presente ha hecho todo lo que buenamente se le podía ocurrir, pero no quiero dejar piedra sin mover para vengar al pobre Straker y recuperar a mi caballo.
—¿Ha habido alguna novedad reciente? —preguntó Holmes.
—Siento mucho tener que decir que hemos avanzado muy poco —dijo el inspector—. Hay un carruaje descubierto esperando fuera y, como sin duda le gustaría ver el lugar antes de que se vaya la luz, podríamos hablar del asunto durante el trayecto.
Un minuto después estábamos todos sentados en un cómodo landó, y avanzábamos a buen ritmo por la pintoresca y antigua ciudad de Devonshire. El inspector Gregory estaba absorto en su caso y soltaba un