cuando usted estaba ausente».
—«Y yo —dijo el hijo—, al ver pasar a mi padre por la puerta de la sala de espera, pensé naturalmente que la consulta había llegado a su fin. No fue hasta que hubimos llegado a casa cuando comencé a darme cuenta del verdadero estado de cosas».
—«Bueno —dije, riendo—, no ha pasado nada malo, salvo que me ha desconcertado terriblemente; así que si usted, caballero, tuviera la amabilidad de pasar a la sala de espera, estaré encantado de continuar nuestra consulta, que se vio interrumpida de forma tan abrupta».
“ —Durante media hora más o menos hablé de los síntomas de aquel viejo caballero con él, y luego, tras haberle recetado, lo vi marchar del brazo de su hijo.
“Le he dicho que el señor Blessington solía elegir esta hora del día para su paseo. Entró poco después y subió a su habitación. Un instante más tarde