—¡Confía en mí, Jack! —gritó ella—. Confía en mí solo esta vez. Jamás tendrás motivo para arrepentirte. Sabes que no te ocultaría nada de no ser por tu propio bien. Nos jugamos la vida entera en esto. Si vienes a casa conmigo, todo irá bien. Si entras a la fuerza en esa cabaña, todo habrá terminado entre nosotros.
«Había tanta sinceridad, tanta desesperación en su actitud, que sus palabras me detuvieron, y me quedé indeciso ante la puerta».
—«Confiaré en ti con una condición, y con una sola condición —dije al fin—. Es que este misterio llegue a su fin a partir de ahora. Tienes la libertad de conservar tu secreto, pero debes prometerme que no habrá más visitas nocturnas, ni más tejemanejes que se me oculten. Estoy dispuesto a olvidar los pasados si prometes que no habrá más en el futuro».
—«Estaba segura de que confiarías en mí —exclamó con un gran suspiro de alivio—. Será tal y como deseas. Vámonos... oh, vámonos hacia la casa».
Aún tirando de mi manga, me alejó de la cabaña. Mientras íbamos, eché una vista atrás, y allí estaba aquel rostro amarillo y lívido observándonos desde la ventana de arriba. ¿Qué vínculo podía haber entre aquella criatura y mi esposa? ¿O cómo podía la mujer tosca y áspera que había visto el día anterior estar relacionada con ella? Era un extrañísimo enigma, y sin embargo sabía que mi mente jamás volvería a conocer la tranquilidad hasta que lo hubiera resuelto.
“Durante los dos días siguientes me quedé en casa, y mi esposa pareció cumplir lealmente con nuestro pacto, pues, que yo sepa, no salió para nada de la casa.
Sin embargo, al tercer día tuve sobradas pruebas de que su solemne promesa no bastaba para retenerla lejos de esa influencia secreta que la apartaba de su esposo y de su deber.