me esforcé por interesarle en Afganistán, en la India, en cuestiones sociales, en cualquier cosa que pudiera sacar su mente de esa obsesión. Siempre volvía a su tratado perdido, preguntándose, conjeturando y especulando sobre qué estaría haciendo Holmes, qué medidas estaría tomando Lord Holdhurst, qué noticias tendríamos por la mañana. A medida que avanzaba la noche, su exaltación se volvió bastante dolorosa.
—¿Tiene usted una fe ciega en Holmes? —preguntó.
“Le he visto hacer algunas cosas notables”.
“¿Pero jamás trajo luz a nada tan oscuro como esto?”
“Oh, sí; le he conocido resolver cuestiones que presentaban menos indicios que la vuestra”.
“¿Pero no cuando hay intereses tan grandes en juego?”
“Eso no lo sé. Que yo sepa con certeza, ha actuado en nombre de tres de las casas reinantes de Europa en asuntos de suma importancia”.
“Pero usted lo conoce bien, Watson. Es un tipo tan inescrutable que nunca sé muy bien qué pensar de él. ¿Cree que tiene esperanzas? ¿Cree que espera tener éxito con esto?”
“Él no ha dicho nada.”
“Eso es un mal presagio.”
—Por el contrario, he observado que cuando anda desorientado por lo general lo dice. Es cuando sigue una pista y aún no está del todo absolutamente seguro de que sea la correcta cuando se muestra más taciturno. Ahora bien, querido amigo, no vamos a arreglar nada poniéndonos nerviosos al respecto, así que le ruego que se vaya a la cama y esté así despejado para lo que sea que nos pueda aguardar mañana.