—Trató de salir del paso con bravatas, pero le describí con tanta exactitud cuáles habían sido sus acciones aquella mañana que está convencido de que lo estaba vigilando.
Por supuesto, usted observó las punteras extrañamente cuadradas en las huellas y que sus propias botas correspondían exactamente con ellas. A su vez, es evidente que ningún subordinado se habría atrevido a hacer tal cosa.
Le describí cómo, al bajar el primero como era su costumbre, advirtió un caballo extraño que deambulaba por el páramo. Cómo salió hacia él y su asombro al reconocer, por la mancha blanca en la frente que le ha dado el nombre al favorito, que el azar había puesto en sus manos al único caballo capaz de vencer a aquel en el que había apostado su dinero.
Luego le describí cómo su primer impulso había sido llevarlo de vuelta a King’s Pyland, y cómo el diablo le había enseñado que podía esconder el animal hasta que terminara la carrera, y cómo se lo había llevado de regreso y lo había ocultado en Mapleton.
Cuando le conté cada detalle, se rindió y solo pensó en salvar el pellejo.
“¿Pero habían registrado sus caballerizas?”
“Bah, un viejo marrullero de caballos como él se las sabe todas.”
—Pero ¿no teme dejar el caballo en sus manos ahora, ya que tiene todo el interés en perjudicarlo?
—Querido amigo, lo cuidará como a la niña de sus ojos. Sabe que su única esperanza de clemencia es entregarlo intacto.
—El coronel Ross no me dio la impresión de ser un hombre propenso a mostrar mucha piedad en ningún caso.