Una anomalía que a menudo me llamaba la atención en el carácter de mi amigo Sherlock Holmes era que, a pesar de ser el más pulcro y metódico de los hombres en sus métodos de pensamiento, y de que también afectaba cierta y quieta formalidad en el vestir, no era menos cierto que, en sus hábitos personales, era uno de los hombres más desordenados que jamás hayan llevado a la desesperación a un compañero de piso.
No es que yo sea en lo más mínimo convencional en ese aspecto. La ajetreada vida en Afganistán, sumada a una natural disposición bohemia, me ha vuelto bastante más descuidado de lo que le conviene a un médico.
Pero conmigo hay un límite, y cuando encuentro a un hombre que guarda los puros en el cubo del carbón, el tabaco en la punta de una zapatilla persa y su correspondencia sin contestar clavada con una navaja de muelle en pleno centro de la repisa de madera de la chimenea, entonces empiezo a darme aires de virtud.
Siempre he sostenido, además, que la práctica de tiro con pistola debería ser estrictamente un pasatiempo al aire libre; y cuando Holmes, en uno de sus extraños arrebatos, se sentaba en un sillón con su revólver de gatillo sensible y un centenar de cartuchos Boxer, y procedía a adornar la pared de enfrente con una patriótica V. R. hecha a base de impactos de bala, yo sentía firmemente que ni el ambiente ni el aspecto de nuestra habitación salían ganando con ello.
Nuestros aposentos estaban siempre llenos de productos químicos y de reliquias criminales que tenían la costumbre de ir a parar a los lugares más insospechados, apareciendo en la mantequillera o en sitios todavía menos deseables.