y se lanzó hacia la puerta con todos los que quedaban vivos pisándole los talones. Salimos corriendo, y allí en la toldilla estaban el teniente y diez de sus hombres. Las claraboyas abatibles situadas sobre la mesa del salón habían quedado medio abiertas y nos habían disparado a través de la rendija. Los alcanzamos antes de que pudieran cargar, y se defendieron como hombres; pero llevamos la delantera, y en cinco minutos todo hubo terminado. ¡Dios mío! ¿Había existido alguna vez un matadero semejante a aquel barco? Prendergast era como un demonio enfurecido: cogía a los soldados en brazos como si fueran niños y los arrojaba por la borda, vivos o muertos. Había un sargento que estaba gravemente herido y, sin embargo, siguió nadando durante un tiempo increíble, hasta que alguien, por compasión, le voló los sesos. Terminada la pelea, no quedaba ninguno de nuestros enemigos, salvo los guardianes, los oficiales y el médico. > ““Fue a propósito de ellos que surgió la gran disputa. Éramos muchos los que nos alegrábamos de haber recuperado la libertad y que, sin embargo, no deseábamos tener asesinatos en nuestra conciencia. Una cosa era derribar a los soldados con los mosquetes en las manos, y otra muy distinta permanecer cruzados de brazos mientras mataban a hombres a sangre fría. Ocho de nosotros, cinco convictos y tres marineros, dijimos que no consentiríamos semejante acto. Pero no hubo forma de convencer a Prendergast ni a los que le seguían. Nuestra única posibilidad de salvación radicaba en hacer una limpieza a fondo, decía él, y no dejaría ninguna lengua capaz de parlotear en el estrado de los testigos. Por poco corremos la misma suerte que los prisioneros,
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The Gloria Scott
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