hace algunos años es víctima de ataques catalépticos, sobre los cuales, como es bien sabido, el doctor Trevelyan es una autoridad. Propone pasar mañana por la tarde alrededor de las seis y cuarto, si al doctor Trevelyan le viene bien estar en
“Esta carta me interesó profundamente, porque la principal dificultad en el estudio de la catalepsis es la rareza de la enfermedad. Podéis creer, pues, que me encontraba en mi gabinete de consulta cuando, a la hora acordada, el paje hizo pasar al paciente.
“Era un hombre anciano, delgado, recatado y corriente; en absoluto la imagen que uno se forma de un noble ruso. Me llamó mucho más la atención el aspecto de su acompañante. Se trataba de un joven alto, sorprendentemente apuesto, de rostro oscuro y fiero, y con los miembros y el pecho de un Hércules. Al entrar, llevaba la mano bajo el brazo del otro y lo ayudó a sentarse en una silla con una ternura que apenas cabría esperar de su apariencia.”
—«Sabrá disculpar mi intrusión, doctor —me dijo, hablando un inglés con un ligero ceceo—. Este es mi padre, y su salud es un asunto de la más abrumadora importancia para mí».
—Me conmovió esta inquietud filial.
«¿Quizás le gustaría quedarse durante la consulta?», le dije.
—«¡Por nada del mundo! —exclamó con un gesto de horror—. Es algo más doloroso de lo que puedo expresar. Si llegara a ver a mi padre en uno de esos espantosos ataques, estoy convencido de que no lo sobreviviría. Mi propio sistema nervioso es excepcionalmente sensible. Con su permiso, me quedaré en la sala de espera mientras usted se encarga del caso de mi padre».