que solo habían cambiado aquellas cosas que se pueden modificar con una navaja de afeitar o una peluca, no me quedó la menor duda de que era el mismo hombre. Por supuesto, uno espera que dos hermanos se parezcan, pero no que tengan el mismo diente empastado de la misma forma. Me despidió con una reverencia y me encontré en la calle sin saber casi si estaba de cabeza o de pies. Regresé a mi hotel, metí la cabeza en un lavabo con agua fría y traté de pensarlo bien. ¿Por qué me había enviado de Londres a Birmingham? ¿Por qué había llegado allí antes que yo? ¿Y por qué se había escrito una carta a sí mismo? Era todo demasiado para mí y no logré sacarle ningún sentido. Y entonces, de repente, se me ocurrió que lo que para mí era oscuro podía resultarle muy claro al señor Sherlock Holmes. Justo tuve tiempo de llegar a la capital en el tren nocturno para verle esta mañana y traerlos a los dos conmigo a
Hubo una pausa después de que el empleado del corredor de bolsa hubo concluido su sorprendente experiencia. Luego, Sherlock Holmes me echó una mirada de soslayo, recostándose en los cojines con un gesto satisfecho y a la vez crítico, como un catador que acaba de dar su primer sorbo a una cosecha de año cometa.
—Bastante bien, Watson, ¿no es así? —dijo—. Hay detalles en él que me complacen. Creo que convendrás conmigo en que una entrevista con el señor Arthur Harry Pinner en las oficinas provisionales de la Franco-Midland Hardware Company, Limited, sería una experiencia bastante interesante para ambos.
—¿Pero cómo podemos hacerlo? —pregunté.
—¡Vaya, sin ningún problema! —dijo Hall Pycroft, con alegría—. Ustedes son dos amigos míos que andan buscando un empleo, y ¿qué