pero al final dijo que, si queríamos, podíamos tomar un bote y marcharnos. Saltamos ante la oferta, pues ya estábamos hartos de aquellas acciones sanguinarias y veíamos que lo peor estaba por venir. Nos dieron un traje de marinero a cada uno, un barril de agua, dos barricas —una de carne salada y otra de bizcochos— y una brújula. Prendergast nos arrojó una carta de navegación, nos dijo que éramos náufragos cuyo barco se había hundido en la latitud 15 grados y la longitud 25 grados oeste, y acto seguido cortó el cabo y nos dejó partir. > ““Y ahora llego a la parte más asombrosa de mi historia, mi querido hijo. Los marineros habían puesto la verga de proa en facha durante el motín, pero ahora, al abandonarlos, la volvieron a colocar en posición normal y, como soplaba un viento suave del norte y del este, la barca comenzó a alejarse lentamente de nosotros. Nuestro bote flotaba, subiendo y bajando sobre la larga y mansa marejada, y Evans y yo, que éramos los más instruidos del grupo, nos sentamos en la popa para calcular nuestra posición y planificar hacia qué costa debíamos dirigirnos. Era una cuestión delicada, pues las islas de Cabo Verde quedaban a unas quinientas millas al norte y la costa africana a unas setecientas al este. En conjunto, como el viento rolaba hacia el norte, pensamos que Sierra Leona podría ser lo mejor, y pusimos proa en esa dirección, hallándose la barca en aquel momento casi con el casco oculto bajo la línea del horizonte por nuestra amura de estribor. De repente, al mirarla, vimos surgir una densa nube de humo negro que pendía como un árbol monstruoso en el horizonte. Unos segundos más tarde, un estruendo parecido a un trueno estalló en nuestros oídos y, al disiparse el humo, no quedaba rastro alguno de la Gloria Scott.
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The Gloria Scott
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