—¡Hecho! —dijo—. Lo sacamos de la cloaca, y no nos dejará tan fácilmente. Esas fueron sus propias palabras.
—¡El descarado sinvergüenza! —exclamé—. En mi vida lo he visto. ¿Por qué iba a tenerlo en cuenta para nada? Desde luego que no le escribiré si prefieres que no lo haga.
—¡Bien! Es una promesa —dijo, levantándose de la silla—. Bueno, estoy encantado de haber conseguido un hombre tan bueno para mi hermano. Aquí tiene su adelanto de cien libras y aquí está la carta. Tome nota de la dirección, Corporation Street, 126b, y recuerde que su cita es mañana a la una. ¡Buenas noches; y que tenga toda la fortuna que se merece!
“Eso es poco más o menos todo lo que pasó entre nosotros, lo más exactamente que puedo recordar. Se puede imaginar, doctor Watson, lo contento que estaba con una racha de buena suerte tan extraordinaria. Me pasé media noche despierto frotándome las manos de alegría por ello, y al día siguiente salí para Birmingham en un tren que me llevaría con tiempo de sobra para mi cita. Lleva mis cosas a un hotel en New Street y luego me dirigí a la dirección que se me había dado”.
Llegué un cuarto de hora antes de la hora prevista, pero pensé que eso no importaría. El número 126b era un pasaje situado entre dos grandes tiendas que conducía a una escalera de piedra de caracol, desde la cual se accedía a varios pisos alquilados como oficinas a empresas o profesionales. Los nombres de los ocupantes estaban pintados abajo en la pared, pero no aparecía por ningún lado la Compañía de Ferretería Franco-Midland, Limitada.
Me quedé unos minutos con el corazón en un puño, preguntándome si todo aquello sería o no una broma elaborada, cuando se acercó un hombre y me habló. Se parecía mucho al tipo que había visto la noche anterior, con su misma figura y voz, pero iba afeitado de cerca y su cabello era más claro.