Al publicar estos breves bocetos basados en los numerosos casos en los que los singulares dones de mi compañero nos han convertido en oyentes, y a la postre en actores, de algún extraño drama, es de lo más natural que me detenga más en sus éxitos que en sus fracasos. Y esto no tanto por su reputación —pues, en verdad, era cuando se encontraba más atónito y sin recursos cuando su energía y su versatilidad resultaban más admirables—, sino porque, allí donde fracasaba, ocurría con demasiada frecuencia que nadie más triunfaba, y el relato quedaba para siempre sin conclusión. De vez en cuando, sin embargo, sucedía que, aun cuando él erraba, la verdad llegaba a descubrirse. He tomado nota de una media docena de casos de este tipo; la Aventura del ritual de los Musgrave y la que estoy a punto de relatar son los dos que presentan los rasgos de mayor interés.
Sherlock Holmes era un hombre que rara vez hacía ejercicio por el simple hecho de hacerlo. Pocos hombres eran capaces de un mayor esfuerzo muscular, y era sin duda uno de los mejores boxeadores de su peso que jamás había visto; pero consideraba que el esfuerzo corporal sin rumbo era un desperdicio de energía, y raras vez se movía a menos que hubiera algún objetivo profesional que cumplir.
Entonces era absolutamente infatigable e incansable. Que se hubiera mantenido en forma bajo tales circunstancias es notable, pero su dieta solía ser de lo más austera y sus hábitos eran sencillos hasta el límite de la severidad.
Salvo por el uso ocasional de la cocaína, no tenía vicios, y solo recurría a la droga como una protesta contra la monotonía de la existencia cuando los casos escasasaban y los periódicos no ofrecían interés.