cabeza que pudiera derivar algún mal de sus formas suaves y taimadas. Y entonces, por fin, algo me hizo sospechar, y desde aquel día mi paz se fue para siempre. > “ —Fue una tontería, además. Había entrado en la salita sin avisar, y al cruzar la puerta vi un brillo de bienvenida en el rostro de mi mujer. Pero al ver quién era, este se desvaneció y se apartó con aire de decepción. Eso me bastó. No había nadie más cuyo paso pudiera confundir con el mío salvo el de Alec Fairbairn. De haberlo visto entonces, lo habría matado, porque siempre he sido como un loco cuando se me desboca el genio. Mary vio la luz del demonio en mis ojos y corrió hacia mí con las manos en mi manga. —¡No, Jim, no! —dice ella—. ¿Dónde está Sarah? —pregunté—. En la cocina —dice ella—. Sarah —le dije al entrar—, a este individuo, Fairbairn, no se le vuelve a permitir pisar mi casa—. ¿Por qué no? —dice ella—. Porque yo lo ordeno—. ¡Vaya! —dice ella—. Si mis amigos no son lo suficientemente buenos para esta casa, entonces yo tampoco lo soy—. Puedes hacer lo que te plome —le dije—, pero si Fairbairn vuelve a asomar la cara por aquí, te mandaré una de sus orejas de recuerdo. Se asustó con mi cara, supongo, porque no volvió a decir ni una palabra, y esa misma tarde se fue de mi casa. > “ —Bueno, ahora no sé si fue pura maldad por parte de esta mujer, o si creía que podía ponerme en contra de mi esposa animándola a portarse mal. El caso es que alquiló una casa a solo dos calles y realquilaba habitaciones a marineros. Fairbairn solía parar allí, y Mary iba a merendar con su hermana y con él. Con qué frecuencia iba, no lo sé, pero la seguí un día, y al irrumpir en la puerta Fairbairn
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La caja de cartón
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