“Precisamente. Es un trozo de bramante embreado. También habrán notado, sin duda, que la señorita Cushing ha cortado el cordel con unas tijeras, como se puede ver por el doble deshilachado a cada lado. Esto es de importancia”.
—No veo la importancia —dijo Lestrade.
“La importancia radica en el hecho de que el nudo se deja intacto, y en que este nudo es de una índole peculiar.”
—Está muy pulcramente atado. Ya había tomado nota de ese detalle —dijo Lestrade con complacencia.
—Se acabó el cordel, pues —dijo Holmes, sonriendo—; ahora vamos con el envoltorio de la caja. Papel de estraperlo, con un claro olor a café. ¿Cómo, no lo notó? Creo que no cabe duda. La dirección está impresa con caracteres más bien descuidados: «Señorita S. Cushing, Cross Street, Croydon». Hecha con un pluma de punta ancha, probablemente una J, y con tinta de muy inferior calidad. La palabra «Croydon» se había escrito originalmente con «i», que luego se cambió por una «y». Por lo tanto, el paquete fue rotulado por un hombre —la letra es claramente masculina—, de educación limitada y que no conoce la ciudad de Croydon. ¡Hasta aquí, todo bien! La caja es una caja amarilla de tabaco honeydew de media libra, sin nada distintivo salvo dos huellas de pulgar en la esquina inferior izquierda. Está llena de sal gruesa de la calidad que se usa para curtir pieles y para otros fines comerciales más bastos. Y enterrados en ella están estos rarísimos objetos.
Sacó las dos orejas mientras hablaba, y colocando una tablilla sobre sus rodillas las examinó minuciosamente, mientras Lestrade y yo, inclinados hacia adelante a cada lado de él, mirábamos alternativamente aquellos espantosos restos y el rostro pensativo y absorto de nuestro compañero. Finalmente las devolvió a la caja una vez más y se quedó sentado un buen rato en profunda meditación.