escapó por el muro del jardín trasero, como el cobarde gallina que era. Le juré a mi mujer que la mataría si la volvía a encontrar en su compañía, y me la llevé de vuelta conmigo, sollozando, temblando y blanca como un papel. Ya no quedaba rastro de amor entre nosotros. Podía ver que me odiaba y me temía, y cuando la idea de ello me empujaba a beber, entonces ella también me despreciaba. > “ —Bueno, Sarah vio que no podía ganarse la vida en Liverpool, así que se volvió, según tengo entendido, a vivir con su hermana a Croydon, y las cosas siguieron más o menos igual en casa. Y entonces vino esta semana y toda la miseria y la ruina. > “ —Fue de este modo. Habíamos salido el Primero de Mayo para un viaje redondo de siete días, pero una barrica se soltó y desplazó una de nuestras planchas, de modo que tuvimos que regresar a puerto por doce horas. Dejé el barco y vine a casa, pensando en la sorpresa que se llevaría mi mujer y esperando que quizás se alegrara de verme tan pronto. Tenía ese pensamiento en la cabeza al doblar la esquina de mi calle, cuando en ese momento pasó un coche de alquiler a mi lado, y allí estaba ella, sentada junto a Fairbairn, los dos charlando y riendo, sin pensar en mí para nada mientras yo los contemplaba desde la acera. > “ —Se lo digo, y se lo doy bajo mi palabra, que desde ese momento perdí el juicio, y al recordarlo todo me parece un sueño difuminado. Había estado bebiendo fuerte últimamente, y ambas cosas juntas terminaron por trastornarme la cabeza. Siento algo que me late en la cabeza ahora mismo como el martillo de un estibador, pero aquella
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La caja de cartón
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