El peor juez de todos es el hombre que ahora está más dispuesto a emitir sus juicios; el cristiano mal educado que se convierte gradualmente en agnóstico de mal carácter, enredado en el final de una disputa cuyo principio nunca entendió, marchitado por una especie de hastío hereditario de no sabe qué, y ya cansado de escuchar lo que nunca ha escuchado.
No juzga al cristianismo con la calma con que lo haría un confuciano; no lo juzga como juzgaría al confucianismo. No puede, mediante un esfuerzo de imaginación, situar a la Iglesia católica a miles de millas de distancia, bajo extraños cielos matutinos, y juzgarla con la misma imparcialidad que a una pagoda china.
Se dice que el gran san Francisco Javier, que estuvo a punto de lograr erigir allí la Iglesia como una torre que se alzaba por encima de todas las pagodas, fracasó en parte porque sus seguidores fueron acusados por sus propios compañeros misioneros de representar a los Doce Apóstoles con las vestimentas o los atributos de los chinos.
Pero sería mucho mejor verlos como chinos, y juzgarlos justamente como chinos, antes que verlos como ídolos desprovistos de rasgos, hechos meramente para ser destrozados por iconoclastas; o mejor dicho, como blancos improvisados a los que arrojar proyectiles desde la fatuidad de unos palurdos.
Sería mejor ver todo el asunto como un culto asiático remoto; las mitras de sus obispos como los tocados imponentes de misteriosos bonzos; sus báculos pastorales como los bastones torcidos como serpientes que se llevan en alguna procesión asiática; ver el libro de oraciones tan fantástico como el molinillo de oraciones y la cruz tan torcida como la esvástica.
Entonces al menos no perderíamos la paciencia como parecen perderla algunos de los críticos escépticos, por no mencionar sus cabezas. Su anticlericalismo se ha convertido en una atmósfera, una atmósfera de negación y hostilidad de la que no pueden escapar.