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nydus/The Everlasting ManPublic
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I. El hombre en la cueva

Él podría descender a profundidades impensables, podría hundirse en continentes sumergidos tan extraños como estrellas remotas, podría encontrarse en el interior del mundo tan lejos de los hombres como la otra cara de la luna; podría ver en esos abismos fríos o terrazas colosales de piedra, trazadas en el débil jeroglífico del fósil, las ruinas de dinastías perdidas de vida biológica, más parecidas a las ruinas de sucesivas creaciones y universos separados que a las etapas en la historia de uno solo.

Encontraría el rastro de monstruos desarrollándose ciegamente en direcciones ajenas a toda nuestra imaginería común de peces y aves; tanteando, aferrando y tocando la vida con cada extravagante prolongación de cuerno, lengua y tentáculo; haciendo crecer un bosque de caricaturas fantásticas de garras, aletas y dedos.

Pero en ninguna parte encontraría un solo dedo que hubiera trazado una línea significativa sobre la arena; en ninguna parte una sola garra que siquiera hubiera comenzado a arañar la débil sugerencia de una forma.

A todas luces, la cosa resultaría tan impensable en todas esas innumerables variaciones cósmicas de eones olvidados como lo sería en las bestias y las aves ante nuestros ojos.

El niño no esperaría verla más de lo que esperaría ver al gato rasguñar en la pared una caricatura vindicativa del perro. El sentido común infantil impediría que el niño más evolucionado esperase ver algo semejante; sin embargo, en los vestigios de los antepasados rudos y recientemente evolucionados de la humanidad habría visto exactamente eso.

Sin duda, debe resultarle extraño que unos hombres tan lejanos de él estén tan cerca, y que unas bestias tan cercanas a él estén tan lejanas. A su ingenuidad le debe parecer al menos curioso que no pudiera encontrar ningún rastro del comienzo de ningún arte entre los animales.

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