Aquí comienza, huelga decirlo, otra poderosa influencia para la humanización de la Cristiandad.
Si el mundo buscara lo que se denomina un aspecto no polémico del cristianismo, probablemente elegiría la Navidad. Sin embargo, esta se halla obviamente unida a lo que se supone que es un aspecto polémico (algo que, en ninguna etapa de mis opiniones, pude llegar a comprender por qué): el respeto tributado a la Santísima Virgen.
Cuando yo era un muchacho, una generación más puritana se opuso a que hubiera en una iglesia parroquial una estatua que representara a la Virgen y al Niño. Tras mucha polémica, llegaron al compromiso de retirar al Niño. Cualquiera diría que esto estaba aún más corrompido por la mariolatría, a menos que se considerara a la madre menos peligrosa cuando se la privaba de una especie de arma.
Pero la dificultad práctica es también una parábola. No se puede cincelar y arrancar la estatua de una madre de alrededor de la de un niño recién nacido. No se puede suspender al niño recién nacido en el aire; de hecho, en realidad no se puede tener una estatua de un niño recién nacido en absoluto.
Del mismo modo, no se puede suspender la idea de un niño recién nacido en el vacío ni pensar en él sin pensar en su madre. No se puede visitar al niño sin visitar a la madre; en la vida humana ordinaria no se puede uno acercar al niño sino a través de la madre.
Si hemos de pensar en Cristo en este aspecto en absoluto, la otra idea se sigue por necesidad, tal como se sigue en la historia. O debemos dejar a Cristo fuera de la Navidad, o la Navidad fuera de Cristo, o debemos admitir, aunque solo sea como lo admitimos en un viejo cuadro, que esas cabezas santas están demasiado cerca la una de la otra para que las aureolas no se fundan y se crucen.