También en el caso específicamente cristiano tenemos que reaccionar contra la fuerte inclinación de la fatiga. Es casi imposible hacer que los hechos cobren vida, porque los hechos nos resultan familiares; y para los hombres caídos a menudo es cierto que la familiaridad es fatiga. Estoy convencido de que si pudieraos contar la historia sobrenatural de Cristo palabra por palabra como si fuera la de un héroe chino, llamándole Hijo del Cielo en vez de Hijo de Dios, y rastrear su nimbo radiante en el hilo de oro de los bordados chinos o en la laca dorada de la cerámica china en lugar de en el pan de oro de nuestras viejas pinturas católicas, habría un testimonio unánime de la pureza espiritual de la historia. No oiríamos entonces nada sobre la injusticia de la sustitución o la ilógica de la expiación, sobre la exageración supersticiosa de la carga del pecado o la insolencia imposible de una invasión de las leyes de la naturaleza. Adoraríamos la caberosidad de la concepción china de un dios que cayó del cielo para luchar contra los dragones y salvar a los malvados de ser devorados por su propia culpa y necedad. Admiraríamos la sutilidad de la visión china de la vida, que percibe que toda imperfección humana es, en verdad, una imperfección clamorosa.
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El plan de este libro
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