pobres y gente sin importancia; pero su formación era militar; se movían juntos y eran muy categóricos acerca de quién y qué formaba realmente parte de su pequeño sistema; y en lo que decían, por muy suavemente que lo dijeran, había un eco como de hierro. Hombres acostumbrados a muchas mitologías y moralidades no podían hacer ningún análisis del misterio, salvo la curiosa conjetura de que querían decir lo que decían. Todos los intentos de hacerles entrar en razón en el asunto, perfectamente sencillo, de la estatua del Emperador parecían dirigidos a hombres sordos. Era como si un nuevo metal meteórico hubiera caído sobre la tierra; era una diferencia de sustancia al tacto. Quienes tocaban sus cimientos creyeron haber dado con una roca.
Con una extraña rapidez, como los cambios de un sueño, las proporciones de las cosas parecían cambiar en su presencia. Antes de que la mayoría de los hombres supiera lo que había sucedido, estos pocos hombres estaban palpablemente presentes. Eran lo suficientemente importantes como para ser ignorados. La gente enmudeció de repente ante ellos y pasó a su lado con rigidez. Vemos un nuevo escenario, en el cual el mundo se ha apartado de estos hombres y mujeres y ellos se encuentran en el centro de un gran espacio como leprosos. El escenario cambia de nuevo y el gran espacio donde están se halla cubierto por todos lados con una nube de testigos, terrazas interminables llenas de rostros que los miran fijamente; pues les están sucediendo cosas extrañas. Se han inventado nuevas torturas para los locos que han traído buenas noticias. Esa sociedad triste y cansada parece hallar casi una nueva energía al establecer su primera persecución religiosa. Nadie sabe aún con mucha claridad por qué ese mundo plano ha perdido así el equilibrio en torno a las personas que hay en su seno; pero ellos permanecen inmóviles de un modo inatural mientras la arena y el mundo parecen girar a su alrededor.