Para nosotros, en la Cristiandad, la Navidad se ha convertido en una sola cosa y, en cierto sentido, incluso en una cosa sencilla. Pero, al igual que todas las verdades de esa tradición, en otro sentido es una cosa muy compleja. Su nota singular es la emisión simultánea de muchas notas: de humildad, de alegría, de gratitud, de temor místico, pero también de vigilancia y de dramatismo. No es solo una ocasión para los hacedores de paz, como tampoco lo es para los juerguistas; no es solo una conferencia de paz hindú, como tampoco es solo una fiesta de invierno escandinava. Hay también algo desafiante en ella; algo que hace que las bruscas campanas de la medianoche suenen como los grandes cañones de una batalla que acaba de ganarse. Todo este indescriptible asunto que llamamos el ambiente navideño solo flota en el aire como una fragancia persistente o un vapor que se disipa procedente de la exultante explosión de aquella hora en las colinas de Judea hace casi dos mil años. Pero el sabor sigue siendo inconfundible, y es algo demasiado sutil o demasiado solitario para ser abarcado por el uso que hacemos de la palabra paz. Por la propia naturaleza de la historia, los regocijos en la gruta fueron regocijos en una fortaleza o en la guarida de un fuera de la ley; bien entendido, no es demasiado frívolo decir que fueron regocijos en un refugio subterráneo. No es solo verdad que dicha cámara subterránea fuera un escondite contra los enemigos; y que los enemigos ya estuvieran recorriendo la llanura pedregosa que seextendía sobre ella como un cielo. No es solo que los propios casco de caballo de Herodes habrían podido, en ese sentido, pasar como un trueno sobre la cabeza hundida de Cristo. Es también que hay en esa imagen una idea verdadera de puesto avanzado, de una perforación en la roca y una penetración en territorio enemigo. Hay en esta divinidad sepultada una idea de minar el mundo;
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I. El dios en la cueva
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