Admiraríamos la sabiduría esotérica y superior china, que decía que hay leyes cósmicas superiores a las leyes que conocemos; le creemos a cualquier charlatán indio común que decide venir a nosostros y hablar en el mismo tono. Si el cristianismo fuera solo una nueva moda oriental, nunca se le reprocharía ser una fe vieja y oriental.
No me propongo en este libro seguir el presunto ejemplo de san Francisco Javier con la intencionada intención contraria, y convertir a los Doce Apóstoles en mandarines; no tanto para hacerlos parecer nativos como para hacerlos parecer extranjeros.
No me propongo llevar a cabo lo que considero que sería una broma práctica de completo éxito: la de contar toda la historia del Evangelio y toda la historia de la Iglesia en un entorno de pagodas y coletas; y señalar con humor malicioso cuán admirada era como historia pagana precisamente en los mismos círculos en los que se condena como historia cristiana.
Pero sí me propongo dar, siempre que sea posible, esta nota de novedad y extrañeza, y por esa razón el estilo, incluso en un tema tan serio, puede resultar a veces deliberadamente grotesco y fantástico.
Deseo ayudar al lector a ver la Cristiandad desde afuera, en el sentido de verla como un todo, sobre el fondo de otras cosas históricas; así como deseo que vea a la humanidad como un todo sobre el fondo de las cosas naturales. Y digo que en ambos casos, vistas así, destacan sobre su fondo como cosas sobrenaturales. No se funden en el resto con los colores del impresionismo; destacan del resto con los colores de la heráldica; tan vívidas como una cruz roja sobre un escudo blanco o un león negro sobre un fondo de oro.