Todavía habría una considerable admiración por Séneca y una considerable imitación de Nerón; tal como los exaltados epigramas de Confucio podían coexistir con las torturas de China. Y sobre todo ese enmarañado bosque de tradiciones que crecen silvestres o se marchitan, se cerniría el amplio silencio de un estado de ánimo singular y hasta sin nombre; pero su nombre más cercano es la nada. Todas estas cosas, buenas y malas, tendrían un aire indescriptible de ser demasiado viejas para morir.
Ninguna de estas cosas que ocupan Europa en ausencia de la Cristiandad tendría el menor parecido con la Cristiandad.
Como la metempsícosis pitagórica todavía estaría allí, podríamos llamarla la religión pitagórica, tal como hablamos de la religión budista.
Como las nobles máximas de Sócrates todavía estarían allí, podríamos llamarla la religión socrática, tal como hablamos de la religión confuciana.
Como la festividad popular todavía estuviera marcada por un himno mitológico a Adonis, podríamos llamarla la religión de Adonis, tal como hablamos de la religión de Juggernaut.
Como la literatura todavía se basaría en la mitología griega, podríamos llamar a esa mitología una religión, tal como llamamos religión a la mitología hindú.
Podríamos decir que había tantos miles o millones de personas pertenecientes a esa religión, en el sentido de frecuentar tales templos o simplemente vivir en una tierra llena de tales templos.
Pero si llamáramos a la última tradición de Pitágoras o a la persistente leyenda de Adonis con el nombre de religión, entonces debemos encontrar algún otro nombre para la Iglesia de Cristo.