Es muy fácil en ambos casos presentar ese odio como algo meramente odioso. Es bastante fácil trazar una figura meramente áspera e inhumana ya sea de Elías vociferando sobre la matanza del Carmelo o de Catón tronando contra la amnistía de África. Estos hombres tenían sus limitaciones y sus pasiones locales; pero esta crítica hacia ellos carece de imaginación y, por tanto, es irreal. Deja fuera algo, algo inmenso e intermedio, que mira hacia el este y hacia el oeste y despierta esta pasión en sus enemigos orientales y occidentales; y ese algo es el primer tema de este capítulo.
La civilización cuyo centro estuvo en Tiro y Sidón era ante todo práctica. Ha dejado poco en el terreno del arte y nada en el de la poesía.
Pero se enorgullecía de ser muy eficiente; y seguía en su filosofía y su religión esa extraña y a veces secreta corriente de pensamiento que ya hemos señalado en aquellos que buscan efectos inmediatos.
Existe siempre en semejante mentalidad la idea de que hay un atajo hacia el secreto de todo éxito; algo que escandalizaría al mundo por esa especie de descarada minuciosidad. Creían, según la apropiada frase moderna, en la gente que cumplía con lo prometido.
En sus tratos con su dios Moloch, ellos mismos siempre se cuidaban de cumplir con lo prometido. Era una transacción interesante, sobre la cual habremos de tocar más de una vez en el resto de la narración; basta con decir aquí que implicaba la teoría que he sugerido acerca de cierta actitud hacia los niños.
Esto fue lo que levantó contra ella, con furia simultánea, al siervo de un solo Dios en Palestina y a los guardianes de todos los dioses del hogar en Roma. Esto fue lo que desafió a dos cosas naturalmente tan separadas por toda clase de distancia y desunión, cuya unión había de salvar al mundo.