Para dar, en el único sentido sensato o posible, con la nota de imparcialidad, es necesario tocar el nervio de la novedad.
Quiero decir que, en cierto modo, vemos las cosas con justicia cuando las vemos por primera vez. Esto, puedo señalar de paso, es la razón por la cual los niños por lo general tienen muy pocas dificultades con los dogmas de la Iglesia.
Pero la Iglesia, al ser algo sumamente práctico para trabajar y luchar, es necesariamente algo para hombres y no meramente para niños. Debe haber en ella, con fines prácticos, una gran cantidad de tradición, de familiaridad y hasta de rutina. Mientras sus fundamentos se sientan con sinceridad, este puede ser incluso el estado más sensato.
Pero cuando se duda de sus fundamentos, como ocurre en la actualidad, debemos intentar recuperar la ingenuidad y el asombro del niño; el realismo incorrupto y la objetividad de la inocencia. O, si no podemos hacer eso, debemos intentar al menos sacudirnos la nube de la mera costumbre y ver la cosa como nueva, aunque solo sea viéndola como antinatural.
Las cosas que bien pueden resultar familiares mientras la familiaridad engendre afecto, es mucho mejor que se vuelvan desconocidas cuando la familiaridad engendra desprecio. Pues en relación con cosas tan grandes como las que aquí se consideran, sea cual sea nuestra opinión al respecto, el desprecio ha de ser un error. En verdad, el desprecio ha de ser una ilusión. Debemos invocar el tipo de imaginación más desbocada y elevada; la imaginación que puede ver lo que hay allí.
La única manera de sugerir el punto es mediante el ejemplo de algo, en realidad de casi cualquier cosa, que haya sido considerado bello o maravilloso. George Wyndham me contó una vez que había visto uno de los primeros aeroplanos elevarse por primera vez, y fue muy maravilloso; pero no tan