medida en que lo estaban, comprensibles también para nosotros. Los persas llegaron cabalgando para poner fin a Babilonia; y se nos cuenta en un relato griego cómo aquellos bárbaros aprendieron a tensar el arco y a decir la verdad. Alejandro, el griego, marchó con sus macedonios hacia el amanecer, y trajo de vuelta aves extrañas con los colores de las nubes del alba y flores y joyas insólitas de los jardines y tesoros de reyes sin nombre. El islam marchó hacia el este en dirección a aquel mundo y lo hizo en parte imaginable para nosotros; precisamente porque el islam mismo nació en aquel círculo de tierras que bordeaba nuestro propio mar antiguo y ancestral. En la Edad Media el imperio de los mogoles aumentó su majestad sin perder su misterio; los tártaros conquistaron China y los chinos al parecer le prestaron muy poca atención. Todas estas cosas son interesantes en sí mismas; pero es imposible desplazar el centro de gravedad hacia los espacios interiores de Asia desde el mar interior de Europa.
Bien mirado, si en el mundo no hubiera más que lo que se dijo, se hizo, se escribió y se edificó en las tierras que rodean el Mediterráneo, este seguiría siendo, en lo que respecta a las cosas más vitales y valiosas, el mundo en el que vivimos. Cuando esa cultura meridional se extendió hacia el noroeste, produjo cosas muy maravillosas; de las cuales, sin duda, nosotros mismos somos la más maravillosa. Cuando se propagó desde allí a las colonias y a los nuevos países, siguió siendo la misma cultura mientras fue cultura en absoluto. Pero en torno a aquel pequeño mar, semejante a un lago, estaban las cosas mismas, al margen de todas las prolongaciones, ecos y comentarios