atmósfera de acción libre o ampliada. Y en este sentido es seguro que el rey solo puede ser lo que llamamos magnánimo si es lo que algunos llaman caprichoso. Es el católico, que tiene la sensación de que sus oraciones marcan la diferencia cuando se ofrecen por los vivos y por los muertos, quien también tiene la sensación de vivir como un ciudadano libre en algo muy parecido a una comunidad constitucional. Es el monista que vive bajo una única ley de hierro el que debe tener la sensación de vivir como un esclavo bajo un sultán. De hecho, creo que el uso original de la palabra suffragium, que hoy usamos en política para referir al voto, era el empleado en teología respecto a una oración. Se decía que los muertos en el purgatorio contaban con los sufragios de los vivos. Y en este sentido, de una especie de derecho de petición ante el soberano supremo, podemos decir verdaderamente que toda la Comunión de los Santos, así como toda la Iglesia Militante, está fundada en el sufragio universal.
Pero sobre todo, es verdad en cuanto al problema más tremendo; en cuanto a esa tragedia que ha creado la divina comedia de nuestro credo. Nada que no sea la doctrina extrema, fuerte y sorprendente de la divinidad de Cristo producirá ese efecto particular capaz de conmover verdaderamente el sentido popular como un clarín: la idea del rey en persona sirviendo en las filas como un soldado raso. Al hacer que esa figura sea meramente humana, hacemos que esa historia sea mucho menos humana. Le quitamos el sentido a la historia que realmente lacera a la humanidad; el sentido de la historia que fue, de manera muy literal, la punta de una lanza. No humaniza especialmente al universo decir que los hombres buenos y sabios pueden morir por sus opiniones; del mismo modo que no sería una noticia precisamente aclamada con júbilo en un ejército el que los soldados buenos puedan morir fácilmente. No es ninguna novedad que el rey Leónidas haya muerto, ni tampoco que la reina Ana haya muerto; y