Ahora bien, aquellos que parecen estar más cerca del estudio de Buda, y ciertamente quienes escriben con mayor claridad e inteligencia sobre él, me convencen a mí al menos de que fue simplemente un filósofo que fundó una escuela de filosofía exitosa, y que fue convertido en una especie de divus o ser sagrado meramente debido a la atmósfera más misteriosa y anticientífica de todas las tradiciones de esa índole en Asia. De modo que en este punto es necesario decir unas palabras sobre esa frontera invisible pero vívida que cruzamos al pasar del Mediterráneo al misterio de Oriente.
Quizás no hay cosas de las cuales obtengamos tan poca verdad como de las obviedades; especialmente cuando son verdaderas de verdad. Todos tenemos la costumbre de decir ciertas cosas sobre Asia, que son bastante verdaderas pero que apenas nos ayudan porque no comprendemos su verdad; como que Asia es vieja, o mira hacia el pasado, o no es progresista. Ahora bien, es verdad que la cristiandad es más progresista, en un sentido que tiene muy poco que ver con la noción bastante provinciana del ajetreo interminable de la mejora política. La cristiandad sí cree, porque el cristianismo sí cree, que el hombre puede llegar a alguna parte, aquí o en el más allá, o de diversas maneras según diversas doctrinas. El deseo del mundo puede satisfacerse de algún modo tal como se satisfacen los deseos, ya sea mediante una vida nueva o un viejo amor o alguna forma de posesión y realización positivas. Por lo demás, todos sabemos que hay un ritmo y no un mero progreso en las cosas, que las cosas se elevan y caen; solo que para nosotros el ritmo es un ritmo bastante libre e incalculable. Para la mayor parte de Asia, el ritmo se ha endurecido hasta convertirse en una recurrencia. Ya no es meramente una especie de mundo patas arriba; es una rueda. Lo que les ha sucedido a todos esos pueblos altamente inteligentes y sumamente civilizados es que han quedado atrapados en una especie de rotación