Existe una verdadera relación entre esta religión en la vida privada y esta revolución en la vida pública.
Historias no menos heroicas por ser trilladas nos recuerdan que la República se fundó sobre un tiranicidio que vengó la afrenta a una esposa; que los Tribunos del pueblo fueron restablecidos tras otro que vengó la afrenta a una hija.
La verdad es que solo los hombres para quienes la familia es sagrada tendrán jamás un criterio o una posición desde la cual criticar al Estado. Solo ellos pueden apelar a algo más santo que los dioses de la ciudad: los dioses del hogar.
Por eso los hombres se desconciertan al ver que las mismas naciones que se consideran rígidas en lo doméstico son también consideradas inquietas en la política; por ejemplo, los irlandeses y los franceses. Vale la pena detenerse en este punto doméstico porque es un ejemplo exacto de lo que aquí se entiende por el interior de la historia, como el interior de las casas.
Las historias meramente políticas de Roma podrán estar muy en lo cierto al decir que este o aquel fue un acto cínico o cruel de los políticos romanos; pero el espíritu que hizo resurgir a Roma desde lo hondo fue el espíritu de todos los romanos; y no es hipocresía llamarlo el ideal de Cincinato pasando del senado al arado.
Hombres de esa laya habían fortalecido su aldea por todos lados, habían extendido ya sus victorias sobre italianos e incluso sobre griegos, cuando se vieron enfrentados a una guerra que cambió el mundo. La he llamado aquí la guerra de los dioses y los demonios.
Se fundó en la costa opuesta del mar interior una ciudad que llevaba el nombre de la Ciudad Nueva. Era ya mucho más antigua, más poderosa y