No podemos decir otra cosa que «Dios» en una frase como la de Sócrates despidiéndose de sus jueces: «Me voy a morir y vosotros os quedáis a vivir; y solo Dios sabe cuál de nosotros sigue el mejor camino». No podemos usar ninguna otra palabra ni siquiera para los mejores momentos de Marco Aurelio: «¿Pueden decir "querida ciudad de Cecropio", y no puedes tú decir "querida ciudad de Dios"?». No podemos usar ninguna otra palabra en aquel poderoso verso en el que Virgilio habló a todos los que sufren con el grito verídico de un cristiano antes de Cristo, en el intraducible: «O passi graviora dabit deus his quoque finem.»
En resumen, se tiene la sensación de que hay algo superior a los dioses; pero, por ser superior, está también más lejos.
Ni siquiera Virgilio habría podido descifrar aún el enigma y la paradoja de aquella otra divinidad que es, a la vez, superior y más cercana. Para ellos, lo verdaderamente divino era muy distante, tan distante que cada vez lo apartaban más de sus mentes. Tenía cada vez menos que ver con la pura mitología de la que escribiré más adelante.
Sin embargo, aun en esto había una especie de tácita admisión de su intangible pureza, si consideramos cómo es la mayor parte de la mitología. Así como los judíos no quisieron degradarla con imágenes, los griegos tampoco la degradaron ni siquiera con imaginaciones.
Cuando los dioses empezaron a ser recordados cada vez más solo por sus travesuras y libertinajes, aquello constituyó, en términos relativos, un movimiento de reverencia. Era un acto de piedad olvidar a Dios.
En otras palabras, hay algo en todo el tono de la época que sugiere que los hombres habían aceptado un nivel inferior, y aun así eran medio conscientes de que era un nivel inferior.