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nydus/The Everlasting ManPublic
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VIII. El fin del mundo

universal con una universalidad rancia y estéril. Los pueblos habían puesto en común sus recursos y aun así no había suficiente. Los imperios se habían asociado y aun así seguían en bancarrota. Ningún filósofo que fuera verdaderamente filosófico podía pensar otra cosa sino que, en aquel mar central, la ola del mundo había alcanzado su altura máxima, pareciendo tocar las estrellas. Pero la ola ya estaba descendiendo; porque era tan solo la ola del mundo.

Esa mitología y esa filosofía en las que el paganismo ya había sido analizado habían sido, por tanto, ambas vaciadas de la manera más literal hasta la última gota. Si con la multiplicación de la magia el tercer departamento, al que hemos llamado los demonios, se mostraba cada vez más activo, nunca fue otra cosa que destructivo. No queda sino el cuarto elemento, o más bien el primero; aquel que se había olvidado en cierto sentido por ser el primero. Me refiero a la impresión primaria y abrumadora, aunque impalpable, de que el universo, después de todo, tiene un origen y un fin; y de que, al tener un fin, debe tener un autor. Qué fue de esta gran verdad en el fondo de las mentes de los hombres en aquella época es tal vez más difícil de determinar. Algunos de los estoicos la vieron indudablemente con cada vez mayor claridad a medida que las nubes de la mitología se despejaban y aclaraban; y grandes hombres entre ellos hicieron mucho, incluso hasta el final, para sentar las bases de un concepto de la unidad moral del mundo. Los judíos aún mantenían su certeza secreta de ella celosamente tras altos muros de exclusividad; sin embargo, es sumamente característico de la sociedad y de la situación que algunas figuras de moda, especialmente damas de la alta sociedad, abrazaran de hecho el judaísmo.

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