El Dios que no podía tener una estatua siguió siendo un espíritu. Ni su estatua habría tenido en ningún caso la dignidad y la gracia desarmantes de las estatuas griegas de entonces o de las cristianas de después. Él vivía en una tierra de monstruos. Tendremos ocasión de considerar con más detenimiento qué eran esos monstruos, Moloc y Dagón y Tanit, la terrible diosa. Si la deidad de Israel hubiera tenido alguna imagen, habría tenido una imagen fálica. Con el mero hecho de darle un cuerpo, habrían introducido todos los peores elementos de la mitología; toda la poligamia del politeísmo; la visión del harén en el cielo. Este punto sobre el rechazo del arte es el primer ejemplo de las limitaciones que a menudo son criticadas negativamente, solo porque los críticos mismos son limitados. Pero un caso aún más fuerte se puede encontrar en la otra crítica ofrecida por esos mismos críticos. Se dice a menudo con desprecio que el Dios de Israel era solo un Dios de Batallas, «un mero y bárbaro Señor de los Ejércitos» enfrentado en rivalidad contra otros dioses únicamente como su enemigo envidioso. Bien por el mundo que fuera un Dios de Batallas. Bien por nosotros que para todos los demás fuera solo un rival y un enemigo. De manera ordinaria, les habría sido demasiado fácil alcanzar el desolador desastre de concebirlo como un amigo. Les habría sido demasiado fácil verlo extendiendo las manos en señal de amor y reconciliación, abrazando a Baal y besando el rostro pintado de Astarte, banqueteando en comunión con los dioses; el último dios en vender su corona de estrellas por el Soma del panteón indio, el néctar del Olimpo o la hidromiel del Valhalla. Bastante fácil habría sido para sus fieles seguir el curso ilustrado del sincretismo y la puesta en común de todas las tradiciones paganas. Es evidente, por lo demás, que sus seguidores se deslizaban continuamente por esta pendiente fácil; y se requirió la energía casi demoníaca de ciertos demagogos inspirados, que dieron testimonio de la unidad divina con palabras que aún hoy son como vientos de inspiración y ruina. Cuanto
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IV. Dios y la religión comparada
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