su propia nación descendía de los heroicos troyanos. Todo tipo de gente consideraba que la heráldica más soberbia era pretender descender de Héctor. A nadie parece habérsele antiojado descender de Aquiles. El hecho mismo de que el nombre troyano se haya convertido en un nombre cristiano, y se haya extendido hasta los últimos confines de la cristiandad, a Irlanda o a las Tierras Altas gaélicas, mientras que el nombre griego ha permanecido relativamente raro y pedante, es un tributo a la misma verdad. De hecho, implica una curiosidad lingüística casi de la naturaleza de una broma. El nombre se ha convertido en verbo, y la propia frase sobre hectoring [fanfarronear], en el sentido de pavonearse, sugiere la miríada de soldados que han tomado al troyano caído como modelo. De hecho, nadie en la antigüedad era menos dado a fanfarronear que Héctor. Pero incluso el bravucón que fingía ser conquistador tomó su título del conquistado. Por eso la popularización del origen troyano por parte de Virgilio tiene una relación vital con todos esos elementos que han hecho decir a los hombres que Virgilio era casi un cristiano. Es casi como si dos grandes herramientas o juguetes de la misma madera, lo divino y lo humano, hubieran estado en manos de la Providencia; y lo único comparable a la Cruz de Madera del Calvario fue el Caballo de Madera de Troya. Así, en alguna alegoría salvaje, piadosa en su propósito aunque casi profana en su forma, el Niño Santo habría podido luchar contra el Dragón con una espada de madera y un caballo
El otro elemento en Virgilio que es esencial para el argumento es la naturaleza particular de su relación con la mitología; o lo que aquí puede llamarse, en un sentido especial, folclore, las creencias y fantasías del populacho. Todo el mundo sabe que su poesía, en su estado más perfecto, se preocupa menos por la pomposidad del Olimpo que por los numina de