Si tales paralelismos animales fueran dignos de la ocasión, podríamos decir que la serpiente se estremeció, mudó la piel y siguió adelante, o incluso que el gato sufrió convulsiones al perder solo una de sus novecientas noventa y nueve vidas. Es más exacto decir, con una imagen más digna, que un reloj dio la hora y no pasó nada; o que dobló una campana por una ejecución que se posponía eternamente.
¿Cuál era el significado de toda aquella vaga pero inmensa inquietud del siglo XII; cuando, como se ha dicho tan bellamente, Juliano se agitó en sueños? ¿Por qué apareció tan extrañamente pronto, en el crepúsculo del alba posterior a la Edad Media, un escepticismo tan profundo como el que implicaba argüir el nominalismo contra el realismo? Pues el realismo contra el nominalismo era en realidad el realismo contra el racionalismo, o algo más destructivo de lo que llamamos racionalismo. La respuesta es que así como algunos habrían podido pensar que la Iglesia era simplemente una parte del Imperio romano, otros más tarde habrían podido pensar que la Iglesia era solo una parte de la Edad Media. La Edad Media terminó como había terminado el Imperio; y la Iglesia debería haberse marchado con ellos, de haber sido también una de las sombras de la noche. Era otra de esas muertes espectrales o simulaciones de muerte. Quiero decir que si el nominalismo hubiera triunfado, habría sido como si el arrianismo hubiera triunfado; habría sido el comienzo de la confesión de que el cristianismo había fracasado. Porque el nominalismo es un escepticismo mucho más fundamental que el mero ateísmo. Tal fue la pregunta que se planteó abiertamente a medida que la Edad Media se ampliaba en esa luz del día que llamamos el mundo moderno. Pero ¿cuál fue la respuesta?