Se suponía que al fin se había marchitado en la luz seca de la Era de la Razón; se suponía que había desaparecido definitivamente en el terremoto de la Era de la Revolución. La ciencia lo explicó disolviéndolo; y seguía allí. La historia lo desenterró en el pasado; y apareció de repente en el futuro. Hoy se alza una vez más en nuestro camino; y aun mientras lo miramos, crece.
Si nuestras relaciones y registros sociales conservan su continuidad, si los hombres realmente aprenden a aplicar la razón a los hechos acumulados de una historia tan agobiante, parecería que tarde o temprano incluso sus enemigos aprenderán de sus incesantes e interminables desengaños a no esperar algo tan simple como su muerte.
Pueden seguir haciendo la guerra contra ella, pero será como le hacen la guerra a la naturaleza; como le hacen la guerra al paisaje, como le hacen la guerra a los cielos.
“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”.
Vigilarán para que tropiece; vigilarán para que erre; ya no vigilarán para que llegue a su fin. Insensiblemente, incluso inconscientemente, cumplirán en sus propias y silenciosas expectativas los términos relativos de esa asombrosa profecía; se olvidarán de aguardar la mera extinción de lo que tantas veces ha sido en vano extinguido; y aprenderán instintivamente a esperar primero la llegada del cometa o la congelación de la estrella.