Esta verdad está oculta para muchos por una convención a la que se presta muy poca atención. Curiosamente, es una convención de la clase que aquellos que la ignoran afirman especialmente detectar y denunciar. Siempre nos están diciendo que los sacerdotes y las ceremonias no son la religión y que la organización religiosa puede ser una farsa vacía; pero apenas se dan cuenta de cuán verdad es. Es tan cierto que tres o cuatro veces al menos en la historia de la Cristiandad toda el alma pareció habérsele ido al cristianismo; y casi todos los hombres esperaban su fin en su propio fuero interno. Este hecho solo queda enmascarado en la época medieval y en otras por esa misma religión oficial que tales críticos se enorgullecen de ver a través. El cristianismo siguió siendo la religión oficial de un príncipe renacentista o la religión oficial de un obispo del siglo XVIII, del mismo modo que una mitología antigua siguió siendo la religión oficial de Julio César o el credo arriano siguió siendo durante mucho tiempo la religión oficial de Juliano el Apóstata. Pero había una diferencia entre los casos de Julio y de Juliano; porque la Iglesia había comenzado su extraña carrera. No había razón para que hombres como Julio no adoraran a dioses como Júpiter para siempre en público y se burlaran de ellos para siempre en privado. Pero cuando Juliano trató al cristianismo como si estuviera muerto, descubrió que había vuelto a la vida. Descubrió también, incidentalmente, que no había el más mínimo indicio de que Júpiter fuera a volver a la vida jamás. Este caso de Juliano y el episodio del arrianismo no es sino el primero de una serie de ejemplos que aquí solo pueden señalarse a grandes rasgos. El arrianismo, como se ha dicho, tenía toda la apariencia humana de ser el modo natural en que cabía esperar que aquella superstición particular de Constantino se extinguiera gradualmente. Se habían superado todas las etapas ordinarias; el credo se había convertido en algo respetable, se había convertido en algo ritual, había sido modificado luego en algo racional; y los racionalistas estaban listos para disipar los últimos restos del mismo,
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VI. Las cinco muertes de la fe
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